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Del reposo...

  • 4 jun 2019
  • 3 Min. de lectura

Hay ideas que son como un estallido.

Hay ideas que son más como una caricia.

Hay quien se lanza al vacío sin más.

Hay quien, antes de lanzarse, aguarda un momento.

Hay momentos trepidantes.

Hay momentos inocuos.

Hay momentos suaves, donde el tiempo no pasa, se desliza.

En fin, que dependiendo con cual sonrías, haz de saber algunas cosas: En fotografía, como en cualquier disciplina artística, el arrebato, el estallido, el frenetismo es genial para crear en un primer momento; no para finalizar. Para editar, para finalizar la obra, es necesario el reposo, el asentamiento de las ideas y, especialmente, la separación emocional con eso que se crea.

Suena paradójico, lo sé. ¿Cómo es eso que para editar o finalizar la obra hay que separ la emoción? ¿No se trata precisamente de emocionar con mis fotos, con mi pintura, con mis cuentos o mis poemas? Sí, se trata de eso. Pero la emoción hay que evocarla, cuando uno crea, de modo que el que observa pueda vivirla. De otra forma es como que si la vives tú, toda y no le dejas mucho al espectador.

Deja reposar las ideas. Una vez que hagas las fotos, las miras, las bajas -incluso- y las pones en tu Lr, por ejemplo; pero no las toques.... ¡resiste!

Pasados los días vuelve a ellas, dales un vistazo, haz una primera selección. Y nada más.

Luego, al cabo de uno o dos días más, vas y comienzas a revelar, a modificar lo que creas conveniente y lo que has pensado que puedes o debes trabajar en esos días que sólo tuviste tu mente para trabajar en ellas. Si puedes las terminas todas en uno o dos días, manteniendo una cierta uniformidad estética. Luego, las dejas de nuevo un par de días.

Irás notando cómo a medida que pasan los días les vas a ir encontrando más detalles, se te irán antojando menos increíbles de lo que inicialmente te habían parecido. Eso es bueno, es lo que queremos. Queremos que tu ojo sea más protagonista que tu corazón. Sin el reposo, no será posible esto.

Entonces, ya rondando la semana después de haber hecho las fotografías (si es posible que pase más tiempo, tantísimo mejor) vuelve a ellas, repásalas de nuevo. Quizá no te encuentres a gusto con la selección, o con el tratamiento como tal. Allí estás en el punto óptimo, el punto donde mentirte a ti mismo no es posible. Allí comienza a obrar la trascendencia del artista.

De modo que hasta que hagas la exportación, que tengas las fotografías definitivas habrán pasado varios días, y aquella emoción, aquel arrebato inicial, aquel salto al vacío o la trepidancia o la explosión con la que volviste a casa, debe haberse tornado en una serena alegría. Suficiente para poder tomar desiciones basadas en criterios menos volubles que la emoción.

Pasa que suele tenerse la idea que la emoción lo es todo en el arte. Y sí, claro que es fundamental, pero lo que no suele decirse es que esa emoción debe ser evocación, no tripa viva. Que la emoción cruda es, más bien perjudicial para el creador. ¿Perjudicial? Así es, porque te impulsa a tomar desiciones basadas en criterios que son reales (en el contexto de la obra), criterios absolutamente subjetivos, dominados por las sensaciones de haber logrado unas buenas fotos o una buena empatía con tu sujeto. Y quizá sí, ello sea cierto, y está bien, pero si comienzas por ahí, entonces comenzarás a meter en la selección fotos por el recuerdo vivo del momento, de la risa o la complicidad... es decir, por la anécdota. Y la anécdota rara vez traspasa a la imagen final; la mayoría de las veces queda en la memoria de sus protagonistas.

De allí que el reposo sea vital para que la obra en verdad condense lo mejor de la experiencia vivida: porque al ser evocada, y no cruda, estaría más relacionada con la esencia del momento que con la anécdota.

Así que, hazte un favor: deja reposar tus ideas.

 
 
 

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